lluny
Espai obert a reflexions, tonteries, anades d'olla i filosofia.
11 abril 2006
10 abril 2006
El nacimiento de la tragedia
El éxtasis del estado dionisíaco, con su aniquilación de las barreras y límites habituales de la existencia, contiene, en efecto, mientras dura, un elemento letárgico, en el que se sumergen todas las vivencias personales del pasado. Quedan de este modo separados entre sí, por este abismo del olvido, el mundo de la realidad cotidiana y el mundo de la realidad dionisíaca. Pero tan pronto como la primera vuelve a penetrar en la consciencia, es sentida en cuanto tal con náusea; un estado de ánimo ascético, negador de la voluntad, es el fruto de tales estados. En este sentido el hombre dionisíaco se parece a Hamlet: ambos han visto una vez verdaderamente la esencia de las cosas, ambos han conocido, y sienten náusea de obrar; puesto que su acción no puede modificar en nada la esencia eterna de las cosas, sienten que es ridículo o afrentoso el que se les exija volver a ajustar el mundo que se ha salido de quicio. El conocimiento mata el obrar, para obrar es preciso hallarse envuelto por el velo de la ilusión - ésta es la enseñanza de Hamlet, y no aquella sabiduría barata de Juan el Soñador, el cual no llega a obrar por demasía de reflexión, por exceso de posibilidades, si cabe decirlo así, no es, ¡no!, el reflexionar - es el conocimiento verdadero, es la mirada que ha penetrado en la horrenda verdad lo que pesa más que todos los motivos que incitan a obrar, tanto en Hamlet como en el hombre dionisíaco. Ahora ningún consuelo produce ya efecto, el anhelo va más allá de un mundo después de la muerte, incluso más allá de los dioses, la existencia es negada, junto con su resplandeciente reflejo en los dioses o en un más allá inmortal. Consciente de la verdad intuida, ahora el hombre ve en todas partes únicamente lo espantoso o absurdo del ser, ahora comprende el simbolismo del destino de Ofelia, ahora reconoce la sabiduría de Sileno, dios de los bosques: siente náuseas.
Aquí, en este peligro supremo de la voluntad, aproxímase a él el arte, como un mago que salva y que cura: únicamente él es capaz de retorcer esos pensamientos de náusea sobre lo espantoso o absurdo de la existencia convirtiéndolos en representaciones con las que se puede vivir: esas representaciones son lo sublime, sometimiento artístico de lo espantoso, y lo cómico, descarga artística de la náusea de lo absurdo. El coro satírico del ditirambo es el acto salvador del arte griego; en el mundo intermedio de estos acompañantes de Dioniso quedaron exhaustos aquellos vértigos antes descritos.
Friedrich Nietzsche
05 abril 2006
LA INEVITABLE FUTILIDAD DEL SER by Pau Bonet
Sigamos desde donde lo habíamos dejado o desde cualquier otro lugar.
Estoy en punto muerto. Llevo un montón de tiempo así, en punto muerto. El sol sale y se pone cada día, las flores florecen cuando han de florecer. Los calurosos veranos y los fríos inviernos se suceden cada vez más calurosos y menos fríos… Yo estoy en punto muerto.
¿Por qué escribo esto? Desde que era alevín he tenido la certeza de poseer cierta sensibilidad artística. He pasado años y años proyectando ocasionalmente diversos tipos de narración, todos ellos proyectos inacabados. ¿A que queda reducido un artista cuya obra no es más que un montón de folios amontonados en el culo de un cajón? Pues a ser un artista de boquilla.
Pero yo no quiero ser eso. La responsabilidad del talento desperdiciado cae sobre mí como una maldición.
Cuando tenía veinte años pensaba que aún era joven y que podía empezar a escribir más tarde. Así fue hasta dejar atrás la treintena.
El problema que siempre hallaba en mi capacidad narrativa era la falta de experiencias vitales de calado ¿Se puede escribir de algo que no se haya vivido antes? ¿Es indispensable la luz de la experiencia? Decidí que sí, pero que tampoco se trataba de ser un Jack London, podía escribir sobre otras cosas o con otro tipo de objetivo. No me faltan tantas experiencias vitales y a pesar de no haber frecuentado mucho últimamente los mares del sur y de que no pienso matar una foca en la vida, me veo capaz de manchar el blanco lienzo con los colores que bailan en mi mente. Mis papeleras ya están demasiado llenas.
Todos tenemos que hacer algo útil en nuestro tránsito por la vida. Si uno es tan inútil como para no conseguirlo… Si uno es tan inútil como yo, siempre puede recurrir a lo fácil y pillar la “chuletilla”. Es sencillo, basta con plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. El orden no importa y ni siquiera estoy seguro de que haya que hacer las tres cosas o solo una. Pero el caso es que con salud y sin ningún imponderable imposibilitante, se puede hacer, es más, está chupado…
Lo del árbol ya lo tengo tachado de la lista. Aparte de mi afición por las plantas tropicales, recuerdo como de pequeño y con ayuda de mi padre o viceversa más bien, planté un cedro que con el devenir del progreso creció y creció hasta que las autoridades nos obligaron a talarlo por que acabó creciendo demasiado para los cables de conexión con el sistema central y corríamos el riesgo de vernos aislados del mundo. Mi padre murió poco después que el árbol.
Tener un hijo… Misión cumplida. Un chavalote sanísimo. La niña de mis ojos (Aunque varón) Mi mejor amigo… Pero realmente ¿Hice bien en concebirlo? Cada vez que la vida le da un revés me lo pregunto. El mundo no es un lugar de lo más recomendable y no se cuantos reveses se llevará ni de que clase serán en el devenir del progreso. En el siglo XXI.
Y como escritor… psé… Una vez escribí una novelucha que se empeñaba en no pasar de las doscientas páginas y que es una sublime porquería, pero aún así superior a la media de calidad de las publicaciones que se puedan hallar por ahí. De manera que me vuelvo a meter en vereda no como escritor (No soy ni James Joyce ni Ana Rosa Quintana) Si no como pergeñador…
Con eso se puede llenar un libro. O no…
Vamos a probar…
A mí siempre me han gustado los juegos de palabras,






